Jero Ramiro, el FOMO y la absurda necesidad de comprar entradas para dentro de un año
El anuncio de la gira «La cuna del mal» nos lleva a preguntarnos si la anticipación de los conciertos responde a una necesidad organizativa o a una nueva forma de jugar con la mentalidad del espectador.
Esta mañana, como todas las mañanas, me encontraba tomando mi café aguado y buscando las últimas noticias, cual ganadero buscando las mejores reses para traeros lo mejor a vosotros, queridos RadioWeekers.
Hasta que un amigo me ha pasado el cartel de la gira de Jero Ramiro.
Y claro, uno lo mira, ve las ciudades, las fechas y piensa: «Coño, pues mira qué bien».
Pero hay algo que llama especialmente la atención.
Algunas de las fechas están anunciadas con más de un año de antelación. No estamos hablando de conciertos para dentro de tres o cuatro meses, sino de actuaciones que llegarán bien entrado 2027.
Sin ir más lejos, Alicante tiene programada su cita para el 2 de octubre de 2027. Más de un año desde el momento en el que escribimos estas líneas.
Y no, no me estoy quejando de que Jero Ramiro venga a Alicante. Todo lo contrario.
Lo que me llama la atención es que parece que hemos llegado a un punto en el que tenemos que saber qué vamos a hacer con nuestra vida dentro de doce meses para poder disfrutar tranquilamente de un concierto.

¿Pero tú sabes qué vas a estar haciendo dentro de un año?

Después de ver el cartel, lo he compartido con un compañero y colaborador de RadioWeek. Tras comentarlo, ambos hemos llegado a una conclusión bastante parecida: anunciar determinadas actuaciones con tanta antelación nos parece un disparate.
Y no porque sea imposible organizar un concierto a un año vista, sino porque resulta curioso pedirle al público que empiece a plantearse su asistencia con semejante margen.
¿Qué sabemos nosotros de lo que puede ocurrir de aquí a octubre de 2027?
Puede haber estallado otra guerra, la gasolina puede haberse convertido en el nuevo oro de Mad Max o, quién sabe, lo mismo se ha dado la vuelta a todo y estamos mejor que ahora.

Ojalá sea esto último.
Pero vivimos en una época en la que planificar determinados gastos a largo plazo no siempre resulta sencillo. Y menos cuando hablamos de algo que, por mucho que nos guste, sigue siendo entretenimiento.
Ahora bien, hagamos una distinción.
Si estuviéramos hablando de Metallica, Rammstein, Iron Maiden o Judas Priest, podríamos llegar a entender con mayor facilidad determinadas estrategias de venta anticipada.
Y que nadie interprete esto como un menosprecio a nuestros músicos. Jero Ramiro tiene una trayectoria más que reconocida dentro del heavy metal español y no necesita que venga RadioWeek a explicarle cómo tocar la guitarra.
Pero tampoco vamos a fingir que todos los conciertos funcionan bajo las mismas condiciones comerciales.
En determinados espectáculos de gran formato entran en juego diferentes sectores, categorías de entradas, ubicaciones y una demanda que puede condicionar considerablemente la experiencia de compra.
Esperar puede significar perder una ubicación concreta, una categoría de precio o, directamente, quedarse sin entrada.
En un concierto de sala, sin embargo, la situación suele ser diferente.
Una sala no es un estadio, y tampoco necesita comportarse como tal
Imaginemos una actuación cuyo precio de entrada es de 30 euros.
Normalmente, cuando una sala anuncia una tarifa general, sabes aproximadamente cuánto vas a pagar, con independencia de que compres la entrada hoy o dentro de unos meses. Naturalmente, pueden existir diferentes tramos de venta anticipada o cambios de precio, pero no estamos necesariamente ante el mismo modelo de comercialización que encontramos en un gran recinto.
Por eso, ¿qué necesidad tengo de comprar ahora una entrada para dentro de un año?
«¡Es que luego se agotan!».
Puede ser. Nadie está diciendo lo contrario.
Hay conciertos de sala que agotan todas sus localidades y artistas capaces de movilizar a muchísimo público. Pero tampoco podemos dar por hecho que cualquier actuación vaya a colgar el cartel de sold out inmediatamente.
Y, si finalmente se agotan, aparece otro fenómeno que todos conocemos: la reventa.
Siempre hay alguien que compró su entrada con toda la ilusión del mundo y que, llegado el momento, descubre que no puede asistir.
Lo razonable sería recuperar el dinero y permitir que otra persona disfrute del concierto.
Pero ahí también encontramos a quienes deciden hacer negocio.
Si una entrada cuesta 30 euros y pretendes venderla por 50, personalmente me parece una práctica bastante cuestionable. No estás recuperando tu inversión: estás intentando aprovecharte de alguien que quiere asistir.
Puedo entender que me pidas 32 o 33 euros porque quieres recuperar también los gastos de gestión. Incluso puede que yo mismo haga la vista gorda porque me apetece mucho ir y no me importa pagar un par de euros adicionales.
Pero una cosa es recuperar lo que has pagado y otra convertir una entrada en una oportunidad de negocio.
Y no, no todos estamos dispuestos a contribuir a eso.
El FOMO vuelve a llamar a nuestra puerta
Aquí es donde recuperamos un viejo conocido de RadioWeek.
El FOMO, o Fear of Missing Out, es ese miedo a quedarse fuera de una experiencia que otros van a disfrutar.
Ya hemos hablado anteriormente de cómo funciona este fenómeno y de cómo puede afectar a nuestra manera de consumir música.
Pero ahora me interesa especialmente su relación con la anticipación.
Porque anunciar una fecha no es necesariamente provocar FOMO. El problema aparece cuando esa fecha empieza a rodearse de mensajes de urgencia, escasez o miedo a perder una oportunidad.
La psicología del consumidor lleva tiempo investigando estas relaciones. Un estudio publicado en 2025 en Journal of Promotion Management, realizado con 300 asistentes a conciertos en Indonesia, encontró que factores como la reputación del artista, la exposición mediática y las condiciones temporales de venta estaban relacionados con el FOMO experimentado durante la compra de entradas.
Es decir, no es ninguna tontería plantearse cómo puede influir el marketing musical en nuestras decisiones.
Y aquí tenemos dos elementos interesantes.
Por una parte, anunciar las fechas con tanta antelación permite al aficionado más comprometido cerrar parte de su calendario y organizar sus próximos conciertos.
Por otra, abre la puerta a esa sensación de que debemos comprar cuanto antes para no quedarnos fuera.
Y cuando empezamos a comprar por miedo a perdernos algo en lugar de hacerlo por las ganas de disfrutarlo, la promoción ha conseguido meternos en un juego psicológico bastante curioso.
La maravillosa teoría de que una entrada comprada hace un año ya está amortizada
Hay otra idea que me resulta especialmente divertida.
Esa nueva filosofía económica según la cual, si compras hoy una entrada para dentro de un año, cuando llegue el concierto prácticamente te habrá salido gratis.
«Es que los 50 euros ya los tengo amortizados».
¿Perdona?
Que hayas seguido trabajando y cobrando durante doce meses no significa que esos 50 euros hayan vuelto mágicamente a tu cuenta bancaria.
Lo que ocurre es que has dejado de percibir ese gasto como algo reciente.
Y aquí sí que tenemos un mecanismo psicológico interesante: la distancia temporal puede hacer que el desembolso inicial pierda presencia en nuestra memoria económica.
Cuando llega el concierto, ya no tienes la sensación de estar pagando por él. El dinero salió hace tanto tiempo que parece pertenecer a otra vida.
Pero lo pagaste.
No te regalaron nada.
Y tampoco apareció un señor de Hacienda para devolverte el importe por haber tenido paciencia.
Desde el punto de vista del marketing, resulta bastante interesante: consigues que el consumidor adelante su dinero y que, cuando llegue la fecha, perciba la experiencia como algo que económicamente ya tenía resuelto.
Para el comprador puede ser una forma cómoda de distribuir sus gastos. Para el promotor, supone cobrar con mucha antelación.
Todos contentos.
Bueno, especialmente quien lleva un año con tu dinero.
Vivimos rodeados de estímulos: ¿de verdad vamos a recordar ese concierto?
Hay otro aspecto que me parece fundamental.
Desde RadioWeek somos más de pensar que alimentar semejante anticipación puede ser una manera de ponerle al público un buen plato de guisa delante y esperar a que empiece a babear.
Le anuncias algo que le gusta, le despiertas la ilusión y le das tiempo para imaginarse disfrutándolo.
Pero también vivimos en una época donde los estímulos no dejan de aparecer.
Hoy anuncian la gira de Jero Ramiro.
Mañana se confirma un festival.
Pasado mañana aparece una banda internacional.
La semana siguiente descubrimos un concierto en nuestra sala habitual.
Y, cuando queremos darnos cuenta, tenemos quince eventos guardados, tres entradas compradas y una cuenta bancaria preguntándose qué coño está pasando.
Si eres un gran seguidor de Jero Ramiro, probablemente tengas marcada su fecha desde el primer momento.
Pero, si simplemente te gusta su música y te apetece verlo, ¿de verdad vas a estar pensando durante todo un año en ese concierto?
Personalmente, lo dudo.
Es bastante posible que dentro de tres días estés pendiente de otra actuación mucho más cercana y que no vuelvas a pensar en esta hasta que falten unos meses.
Y aquí encontramos una pequeña contradicción.
Queremos generar expectación con muchísima antelación en una sociedad que cambia de estímulo constantemente.
El anuncio puede despertar interés ahora, pero eso no garantiza que mantengamos esa misma atención durante doce meses.
De hecho, probablemente necesitemos volver a promocionar el concierto cuando realmente se acerque la fecha.
¿Anticipación o FOMO? La pregunta que dejamos sobre la mesa
No queremos convertir este artículo en un ataque contra Jero Ramiro, su trabajo o su gira.
Tampoco estamos afirmando que el cartel que nos han enviado utilice expresamente mensajes de escasez o que exista una intención deliberada de presionar al público.
Lo que cuestionamos es hasta qué punto tiene sentido trasladar determinadas dinámicas de venta anticipada a eventos de sala y convertir el anuncio de un concierto en una decisión económica que debemos tomar con muchísima antelación.
Porque una cosa es que puedas comprar una entrada un año antes y otra muy distinta es que sientas que tienes que hacerlo.
La anticipación puede facilitar la organización, especialmente a quienes necesitan desplazarse, pedir días libres o cuadrar sus gastos.
Pero también puede convertirse en una herramienta comercial que juegue con nuestras expectativas y con ese pequeño miedo a perder una experiencia que todavía está muy lejos de celebrarse.
Y eso es precisamente lo que queremos debatir.
Y tú, RadioWeeker, ¿qué opinas?
¿Crees que anunciar conciertos de sala con más de un año de antelación puede alimentar el FOMO o consideras que simplemente es una buena forma de organizar nuestras futuras experiencias musicales?
¿Eres de los que compra la entrada nada más anunciarse el concierto o prefieres esperar hasta que se acerque la fecha?
Te leemos. Porque igual el problema no es que anuncien los conciertos demasiado pronto, sino que nos hemos acostumbrado a comprar el futuro antes de saber qué vamos a hacer mañana.
