Casi cincuenta años de ruido: la historia del rock y el metal en la Comunitat Valenciana
Es 9 d’Octubre y podríamos aprovechar la ocasión para meternos en uno de esos jardines identitarios de los que uno entra con una guitarra y termina saliendo bloqueado por media Comunitat.
Pero esto es RadioWeek.
Así que vamos a hacer algo bastante más divertido: buscar amplificadores.
Porque si seguimos el rastro de las guitarras desde finales de los setenta hasta 2026 aparece una historia que pocas veces se cuenta completa. Alicante, Castellón y Valencia llevan prácticamente medio siglo generando rock duro, punk, heavy metal y todas las mutaciones posibles que terminaron creciendo a su alrededor.
Buena parte de la historia popular del rock español se ha contado mirando principalmente hacia Madrid y Barcelona. Y existen razones para ello: industria, compañías discográficas, medios nacionales, grandes salas y concentración empresarial.
Pero hay una diferencia entre reconocer su importancia y asumir que todo ocurría allí.
No ocurría todo allí.
Mientras unas escenas ocupaban portadas, programas de televisión y grandes compañías, en la Comunitat Valenciana también había chavales consiguiendo instrumentos, montando bandas, grabando maquetas, recorriendo salas y descubriendo cómo demonios hacer sonar una guitarra cada vez más fuerte.
El problema es que entonces había que currárselo bastante más para encontrarlas.
Cuando descubrir una banda requería buscarla
Puede parecer arqueología para quien haya nacido con Internet en el bolsillo, pero hubo una época en la que descubrir música nueva necesitaba cierta voluntad.
No existía Spotify.
No existía YouTube.
No aparecía un algoritmo a las tres de la mañana diciendo: «Si te gusta esto, quizá también te guste este grupo finlandés de siete personas que toca death metal con un acordeón».
Había radio, revistas, tiendas de discos, cintas copiadas, correo postal, conciertos y fanzines.
Locales como el histórico Manowar de Castellón terminaron funcionando también como lugares donde descubrir discos y bandas que difícilmente aparecían por los canales habituales. Se buscaban publicaciones, se encargaba música de importación y se compartían descubrimientos.
Los fanzines cumplían otra función esencial. Pequeños, artesanales y normalmente construidos con bastante más entusiasmo que presupuesto, servían para enterarse de quién estaba grabando una maqueta, dónde tocaba una banda o qué estaba ocurriendo en una escena que apenas encontraba espacio en los medios generalistas.
Y aquí vamos a permitirnos una pequeña cuña publicitaria.
Porque cuanto más miramos hacia aquella época, más sentido tiene que RadioWeek haya recuperado el papel con FanFilm.
No pretendemos fingir que seguimos en 1985 —tenemos redes sociales, una web y hasta un unicornio creado con inteligencia artificial, tampoco nos vengamos arriba—, pero sí recuperar un poco de aquella filosofía: detenerse, escribir, maquetar, imprimir y convertir la música en algo que puedas guardar físicamente.
Ahora quizá se entienda un poco mejor por dónde van los tiros.
Volvamos a 1977.
Antes incluso de saber cómo llamar a aquello
Determinar qué grupo fue exactamente «el primero» suele ser una fantástica manera de empezar una pelea de bar.
Así que no vamos a repartir medallas que la propia historia no permite colocar con absoluta precisión.
Lo que sí sabemos es que, hacia finales de los setenta, ya empezaban a ocurrir cosas.
En Alicante, Mediterráneo se formó en 1977 y publicó un año después Estrechas calles de Santa Cruz. Su terreno era el rock progresivo, con elementos de jazz-rock y posteriores fusiones; convertirlos retrospectivamente en una banda heavy sería falsear su historia. Su importancia aquí es otra: demuestran que ya existía un tejido de músicos alicantinos desarrollando rock ambicioso y llevándolo al estudio cuando nuestra historia apenas comenzaba.
Casi simultáneamente, en la provincia de Valencia empezaba una aventura mucho más cercana al nacimiento del heavy.
Zarpa se formó en Mislata en 1977 alrededor de Vicente Feijóo. Antes habían utilizado nombres como Wolframio y Zarpa Rock, y en 1978 registraron Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Aquel trabajo ha sido reivindicado con los años como una de las grabaciones tempranas del heavy español, anterior a la explosión discográfica de muchos de los nombres con los que después se asociaría el género.
Más prudente que repartir coronas es reconocer lo evidente:
Zarpa estaba allí extraordinariamente pronto.
Y ahí aparece la primera clave de este recorrido.
Primero llegaron las bandas.
La escena tuvo que construirse después.
Los ochenta: empieza a aparecer el metal debajo de las piedras
La entrada en los años ochenta acelera las cosas.
En Alicante encontramos a Acero, formada como tal en 1981 después de una etapa anterior bajo el nombre Mosto. Heavy metal desde Alicante cuando el género todavía estaba terminando de definir buena parte de su identidad dentro del Estado.
En Ibi había aparecido también Badana, cuyo origen se sitúa alrededor de 1980. Su primer LP, Tiempos difíciles, llegaría en 1985, financiado por la propia banda.
Aquellos primeros años fueron una mezcla de entusiasmo absoluto y dificultades constantes. Tocar en lugares nuevos era una aventura, pero hacerse un nombre, acceder a determinadas salas o conseguir unas condiciones mínimamente dignas podía convertirse en una carrera de obstáculos.
Eso cuenta bastante mejor la época que una simple fecha.
Porque permite imaginar cómo era realmente intentar levantar una banda heavy desde la provincia de Alicante a comienzos de los ochenta.
No había una industria local esperando con un contrato.
Había que construir prácticamente todo.
También los lugares donde encontrarse.
Tiendas como UFO o Merlín terminaron formando parte de la memoria musical alicantina porque conseguir determinados discos no consistía en introducir dos palabras en un buscador.
Había que saber dónde mirar.
Y lo mismo ocurría en las otras provincias.
La historia del rock castellonense tampoco comienza con El Último Ke Zierre, Killus o Lèpoka.
En 1984 apareció N-340, un recopilatorio que reunió a doce grupos de rock de la provincia de Castellón.
No era un disco de heavy metal.
Precisamente por eso importa.
Porque demuestra que ya existía un ecosistema de músicos, grupos y público sobre el que posteriormente podían desarrollarse escenas mucho más especializadas.
La carretera empezaba a estar construida.
Aunque todavía nadie supiera exactamente dónde terminaba.
Una escena necesita bandas, pero también necesita sitios
Podríamos acumular cincuenta nombres y seguir sin explicar cómo nace una escena.
Porque una escena necesita algo más que músicos.
Necesita lugares.
Valencia tuvo uno de sus espacios más recordados con Arena Auditorium, inaugurado en 1983 y convertido durante años en punto de encuentro para públicos rockeros, punks, góticos y heavies, además de parada de numerosas giras nacionales e internacionales.
Castellón tuvo desde diciembre de 1988 a Manowar.
Y su origen casi podría utilizarse como resumen de aquellos años: sus responsables echaban en falta un local realmente dedicado al rock duro y al heavy, así que terminaron creando el sitio al que ellos mismos hubieran querido ir.
Manowar se convirtió en bar, lugar de reunión, punto de escucha, organizador de conciertos y espacio para descubrir música.
Un lugar donde comprobar que quizá no eras el único desgraciado obsesionado con Iron Maiden.
Eso también es construir cultura.
En Alicante, mientras tanto, la cantidad de nombres empezaba a permitir hablar de algo mucho mayor que grupos aislados.
En 1986 nació Leviatán, después de que varios de sus integrantes coincidieran estudiando en la Universidad de Alicante.
Primero llegaron escenarios como Puerta de Hierro, Recodo o Sala Oh!, y después carteles compartidos con bandas como Acero, Badana, Metralla, Excalibur, Maniática o Geisha.
Uno de los momentos más recordados sería su participación en El Heavy no es Violencia, celebrado en la Plaza de Toros de Alicante junto a nombres como Ñu, Sangre Azul, Bruque o Acero.
Aquí sí cambia la fotografía.
Una década antes teníamos proyectos intentando sobrevivir prácticamente en tierra de nadie.
Ahora ya había bandas locales compartiendo escenarios entre ellas.
La radio ayudaba.
Las tiendas ayudaban.
Los locales ayudaban.
El público ayudaba.
Y ahí empieza a tener sentido utilizar una palabra más grande:
escena.
Llegan los noventa y el árbol empieza a descontrolarse
A finales de los ochenta ya no había que preguntarse si existía rock duro en la Comunitat Valenciana.
Existía.
La siguiente generación podía mirar hacia atrás y encontrar referentes cercanos.
Y uno de los buenos ejemplos de ese relevo es Sagrat.
Nacida en 1989 a partir de músicos procedentes de Brams y URO, la banda desarrolló durante los noventa una carrera que incluyó su participación en el Villa de Bilbao de 1994, la publicación de Cógelo ese mismo año y una intensa actividad en directo durante 1995, antes de su separación en 1997.
Sagrat resulta interesante precisamente porque no necesitamos exagerar su historia.
No hace falta decir que inventaron nada.
Lo que demuestra es cómo una segunda generación podía ya grabar, competir, recorrer España y construir una trayectoria aprovechando un camino que veinte años antes apenas existía.
Y la historia de Sagrat tampoco terminó allí. Décadas después regresaron a la actividad y en 2025 publicaron Perdidos en el tiempo, llegando a 2026 nuevamente sobre los escenarios.
Más de treinta años después, los amplificadores seguían funcionando.
Mientras tanto, cada provincia empezaba a fabricar sus propias mutaciones.
En Alicante, Maniática desarrollaba desde Villena una vía punk y combativa mientras alrededor continuaba creciendo el heavy con numerosos grupos.
En Castellón, El Último Ke Zierre avanzaba al mismo tiempo que aparecía una escena punk-rock especialmente fértil.
Y ahí encontramos una de las historias más interesantes de los noventa.
En 1993 nació No Tomorrow Records, sello creado inicialmente alrededor de Shock Treatment y que terminaría publicando punk, hardcore y power pop, incluyendo referencias de bandas como Depressing Claim.
Castellón estaba desarrollando un underground propio.
Ese mismo año ocurrió además una de esas historias que parecen inventadas después de demasiadas cervezas:
Green Day tocó en una casa ocupada de Vila-real.
Antes de Dookie.
Antes de convertirse en una de las bandas de rock más grandes del planeta.
A veces la historia del rock sucede en un estadio.
Y a veces sucede en una casa okupada de Castellón.
Si los grandes medios no lo contaban, ya lo contaría alguien
Cuantas más bandas aparecían, mayor era la necesidad de documentar aquello.
En Alicante surgió La Maskletá, uno de esos fanzines que ayudan a explicar mucho mejor una escena que cualquier lista de reproducción contemporánea.
Durante los noventa, fanzines y pequeñas distribuidoras —las famosas distris— formaban parte de un ecosistema que permitía mover maquetas, entrevistas, discos e información entre gente que difícilmente encontraba aquel contenido en los grandes medios.
La Maskletá terminaría acumulando decenas de números y documentando buena parte de la cultura alternativa alicantina.
No vamos a insistir demasiado con FanFilm porque esto tampoco es la teletienda.
Pero quizá ahora se comprenda todavía mejor por qué nos apetecía volver a imprimir una revista musical en 2026.
La idea no es nueva.
Precisamente por eso nos gusta.
El problema para encontrar un «sonido valenciano» es que cada uno hacía lo que le daba la gana
Durante los noventa resulta cada vez más difícil hablar de una única escena estilística.
Y probablemente ahí esté lo interesante.
En Valencia aparece Uzzhuaïa en 1993, construyendo un hard rock que posteriormente conseguiría recorrido estatal.
Los de Marras desarrollarían desde mediados de aquella década una mezcla de rock urbano y punk que ellos mismos bautizaron con una denominación bastante menos académica:
guarrocanrol.
Pero simultáneamente estaba ocurriendo otra cosa completamente distinta.
También en 1993 se forma Obrint Pas, mezclando rock, ska, reggae, hardcore y posteriormente instrumentos tradicionales como la dolçaina.
Un instrumento asociado durante generaciones a músicas tradicionales empezaba a convivir sin complejos con guitarras eléctricas.
Tras ellos aparecerían propuestas como Sant Gatxo y, en 1997, nacería La Gossa Sorda, continuando desde Alicante otra línea donde rock, punk, ska, reggae y elementos tradicionales podían mezclarse sin pedir permiso.
No hace falta entrar en ninguna batalla lingüística.
Musicalmente, el dato interesante es muchísimo más sencillo:
se podía hacer rock desde la Comunitat Valenciana en castellano, valenciano o inglés y seguir formando parte del mismo ecosistema.
Mientras tanto surgían bandas que empujaban en direcciones completamente diferentes.
Nahemah se adentraba desde Alicante en terrenos extremos y progresivos.
Opera Magna comenzaba su camino dentro del power y el metal sinfónico.
Lándevir, nacida en Elda en 1998, incorporaría violín y elementos folk.
Y Konsumo Respeto, formada en Alicante en 1999, mezcló punk-rock con influencias celtas antes de terminar llevando su música mucho más lejos, incluida Latinoamérica.
Cuanto más intentamos encontrar un sonido único, más se nos escapa.
Quizá porque nunca existió.
Killus: cuando una nueva generación ya no tenía por qué sonar como sus padres
Y entonces llegamos a uno de los nombres que mejor explica esa transformación.
Killus.
La banda de Vila-real aparece a finales de los noventa mirando hacia una escena completamente diferente de aquella que había dado forma al heavy valenciano veinte años antes.
Industrial.
Electrónica.
Teatralidad.
Una estética mucho más cercana al universo desarrollado internacionalmente por grupos como Ministry, Nine Inch Nails, White Zombie o Marilyn Manson.
Ahí se ve perfectamente cómo funciona un relevo generacional.
Los pioneros no tienen por qué crear imitadores.
También pueden crear el espacio necesario para que quien viene detrás haga exactamente lo contrario.
Su primer larga duración, God Bless Us, llegaría en 2006.
Y guardemos el nombre.
Volveremos a ellos.
Bastante lejos de Vila-real.
De buscar quién te edite a empezar a tener industria propia
Otro cambio importante llega en 1998 con el nacimiento de Maldito Records en Valencia.
Más de veinticinco años después, el sello ha acumulado cientos de referencias y ha trabajado con artistas vinculados al rock, punk y metal de todo el Estado.
Eso significa bastante.
Al principio de nuestra historia hablábamos de músicos intentando conseguir discos.
Ahora ya existían desde la propia Comunitat estructuras capaces de publicarlos y distribuirlos.
Y las bandas empezaban además a viajar cada vez más.
Konsumo Respeto cruzaba el Atlántico.
Nahemah terminaría trabajando con un sello alemán.
En 2006 aparece desde Alicante Cain’s Dinasty, otro ejemplo de cómo el metal alicantino de los 2000 ya tenía objetivos y circuitos muy diferentes a los de aquella generación de principios de los ochenta.
Mientras todo esto ocurría, Internet entró definitivamente en la habitación.
Primero páginas web.
Después foros.
Luego MySpace.
Y finalmente redes sociales, YouTube y plataformas de streaming.
De repente una banda de Alicante, Castellón o Valencia podía conseguir que alguien situado a miles de kilómetros escuchara una canción sin esperar a que una revista, una radio o una distribuidora decidiera moverla.
Pero había una cosa que Internet todavía no podía solucionar:
seguían haciendo falta escenarios.
En 2004, Valencia acogió Metalmania en la Plaza de Toros con nombres como Judas Priest, Helloween, In Flames, Cradle of Filth, U.D.O. o Pretty Maids.
La escala había cambiado bastante respecto a aquellos primeros años.
Los 2000 empiezan a colocar las piezas del presente
Mientras cambiaba la forma de descubrir música, seguían naciendo bandas.
Mugroman mezclaba guitarras y dolçaina.
Metal Mareny mantenía vivo el heavy clásico.
Opera Magna desarrollaba su power sinfónico.
Killus publicaba God Bless Us.
Cain’s Dinasty comenzaba su recorrido.
Dry River empezaba a tomar forma desde Castellón.
Y en Valencia aparece en 2008 Synlakross, con una base de death metal melódico que terminaría incorporando influencias de metal alternativo, nu metal y metalcore.
Poco después comenzaría también el camino de Lèpoka desde Castellón.
Cuando llegamos a 2010, el paisaje ya resulta irreconocible comparado con el de 1980.
Heavy clásico.
Punk.
Hard rock.
Industrial.
Folk.
Power.
Metal extremo.
Rock urbano.
Progresivo.
Bandas cantando en diferentes idiomas.
Sellos.
Festivales.
Internet.
Giras fuera de España.
Quizá aquellos pioneros nunca fabricaron un supuesto «sonido valenciano».
Pero consiguieron algo bastante más interesante:
crear un terreno donde las generaciones posteriores pudieran sonar como les diera la gana.
Las bandas desaparecen. La escena no
La generación que llega después ya crece conectada al resto del mundo.
Un adolescente podía escuchar desde casa una banda japonesa, sueca o estadounidense a las tres de la mañana sin depender de que alguien le hubiese grabado una cinta.
Pero seguía teniendo exactamente el mismo problema que un músico de 1980:
había que montar una banda y conseguir que alguien quisiera escucharla.
Smoking Souls, nacidos en Pego en 2010, representan especialmente bien ese relevo.
Después de quince años de trayectoria y de construir una carrera que los llevó dentro y fuera del país, la banda decidió terminar su historia en junio de 2025 con un último concierto.
Y ahí aparece una de las claves de esta última etapa:
las bandas pueden desaparecer. La escena continúa.
Mientras unos terminaban, otros seguían encontrando su propio camino.
Desde Valencia, Los Zigarros han construido durante la última década larga una trayectoria basada en una fórmula aparentemente sencilla y tremendamente difícil de ejecutar bien:
rock and roll.
Y llegan a este mismo octubre de 2026 preparando Carne con patatas, su quinto álbum, previsto para finales de mes.
Mientras nosotros miramos hacia atrás, otros todavía están escribiendo el capítulo siguiente.
Y Killus terminó llegando bastante lejos
¿Recordáis aquella banda de Vila-real que dejamos a finales de los noventa experimentando con industrial y electrónica?
Pues la historia continuó.
En 2026 Killus ha pasado por Hellfest, Graspop Metal Meeting y Leyendas del Rock, además de mantener actividad internacional y nuevas fechas fuera de España.
Conviene detenerse un segundo.
Una banda nacida en Vila-real a finales de los noventa.
Décadas después:
Hellfest.
Graspop.
Leyendas del Rock.
No necesitamos escribir que conquistaron el mundo.
Los escenarios ya explican suficientemente bien hasta dónde consiguieron llegar.
La nueva Alicante tampoco suena a una sola cosa
Alicante continúa ofreciendo otro buen ejemplo de esa diversidad.
Mind Driller, surgida en 2011 alrededor del guitarrista Javier Oriente, desarrolla metal industrial con varias voces, electrónica y canciones en diferentes idiomas.
Lo que inicialmente ni siquiera había sido concebido como un proyecto destinado al directo terminaría convirtiéndose en una banda con identidad propia y recorrido fuera del circuito estrictamente local.
También ha crecido una nueva rama de folk metal.
Hadadanza llega a este otoño preparando Oro y Penumbra para noviembre de 2026.
Y junto a ellos encontramos a Khëlleden, otra muestra de cómo una generación mucho más reciente puede recuperar folk y power metal y mezclarlos con humor, fiesta y una evidente falta de interés por tomarse demasiado en serio a sí mismos.
No necesitamos decidir cuál representa mejor Alicante.
Precisamente este reportaje lleva unas cuantas líneas demostrando que eso sería imposible.
Castellón tampoco está viviendo del álbum de recuerdos
La provincia que en 1984 podía reunir doce grupos en N-340 continúa generando propuestas décadas después.
Dry River ha desarrollado su propia vía entre progresivo, hard rock y metal.
Lèpoka ha llevado el folk metal hacia una generación diferente y fuera también del circuito estatal.
Y siguen apareciendo bandas jóvenes que todavía no sabemos hasta dónde llegarán.
Ese último punto importa.
Un reportaje histórico corre el peligro de terminar convertido en:
«Qué tiempos aquellos».
Y no.
La historia de una escena no consiste únicamente en recordar a quienes ya conocemos.
También consiste en aceptar que ahora mismo puede existir en algún local de ensayo una banda que todavía no tiene ni una foto promocional decente y dentro de quince años estaremos escribiendo sobre ella.
Así empezó prácticamente todo lo demás.
Valencia mira también hacia el metal moderno
Valencia ofrece igualmente propuestas completamente alejadas del heavy tradicional.
Synlakross llevaba años construyendo una carrera internacional dentro del metal melódico y moderno cuando las inundaciones de 2024 destruyeron su local y buena parte de su equipo.
En 2026 han retomado actividad y escenarios.
También encontramos propuestas como Dawn of Extinction, dentro de terrenos donde metalcore, death melódico, thrash y metal contemporáneo terminan cruzándose.
Una vez más:
misma tierra.
Generaciones distintas.
Sonidos que prácticamente no tienen nada que ver entre sí.
Y algunos veteranos continúan aquí
Pero quizá una de las cosas más bonitas del presente es que no encontramos únicamente herederos.
También quedan supervivientes.
Bandas nacidas décadas atrás continúan tocando.
Algunas nunca se marcharon del todo.
Otras desaparecieron durante años y terminaron regresando.
Sagrat es uno de los mejores ejemplos.
Los dejamos en los noventa después de Cógelo, decenas de conciertos y su separación en 1997.
Décadas después, la banda está nuevamente activa y en 2025 publicó Perdidos en el tiempo.
Y este mismo octubre de 2026 comparte escenario en Benidorm con Badana y Metal Mareny.
Tres nombres pertenecientes a momentos diferentes de esta historia coincidiendo sobre un escenario.
No hace falta fabricar artificialmente el homenaje.
La historia se reúne sola.
No estamos organizando un museo.
Siguen enchufando los amplificadores.
De buscar discos importados a convertir Villena en punto de peregrinación
Y si existe un lugar donde puede observarse físicamente cuánto ha cambiado la escala, ese lugar está en Alicante.
Leyendas del Rock celebró en 2026 su vigésima edición en Villena, reuniendo decenas de actuaciones y miles de asistentes alrededor del heavy y el metal.
Y dentro de su propio cartel encontramos además nombres vinculados directamente con esta historia.
Killus.
Lándevir.
Lèpoka.
Hadadanza.
Mind Driller.
Pensad en el contraste.
Empezamos este viaje con gente intentando localizar discos, copiando cintas, recorriendo tiendas y construyendo pequeñas escenas prácticamente desde cero.
Y casi cincuenta años después miles de personas viajan cada verano a una localidad alicantina para pasar varios días rodeadas de guitarras.
No es el mismo mundo.
Pero cuesta negar que existe un hilo entre las dos fotografías.
Algunas historias terminan mientras escribimos estas líneas
Y todavía tenemos una última casualidad.
Este reportaje aparece alrededor del 9 d’Octubre de 2026.
Dos días después, el 11 de octubre, La Gossa Sorda celebrará en Pego L’Últim Aquelarre, el concierto que pondrá punto final a su regreso temporal a los escenarios.
Resulta difícil inventar una coincidencia editorial mejor.
Una banda que forma parte de la historia que acabamos de recorrer bajará del escenario definitivamente prácticamente mientras este artículo todavía está caliente.
Pero incluso ese final deja una pista sobre lo que sucede después.
En ese mismo entorno aparecen propuestas nuevas y proyectos nacidos de músicos pertenecientes a generaciones posteriores, como Romàntic Dimoni.
Una generación se despide.
Otra ya está esperando detrás.
Casi cincuenta años después
El rock y el metal de la Comunitat Valenciana de 2026 se parecen bastante poco a aquellos primeros amplificadores de finales de los setenta. Hoy conviven heavy clásico, punk, industrial, folk, power, metal extremo, progresivo o metalcore; se canta en castellano, valenciano e inglés, algunas bandas han llegado a grandes escenarios europeos y otras siguen intentando llenar una pequeña sala un viernes por la noche. Quizá nunca haya existido un único «sonido valenciano» y probablemente tampoco haga falta inventárselo. Lo que sí existe es una historia compartida de músicos, salas, tiendas, radios, fanzines, sellos, festivales y público que lleva casi medio siglo demostrando que el rock español nunca ocurrió solamente en Madrid o Barcelona.
Hoy, 9 d’Octubre, podríamos haber hablado de muchas cosas. Nosotros hemos preferido seguir el rastro de las guitarras. Desde aquellos chavales que buscaban discos importados y fotocopiaban fanzines hasta quienes ahora descubren una banda con un teléfono en la mano —o quienes vuelven a imprimir una revista, que para algo hacemos FanFilm—, la tecnología ha cambiado prácticamente todo. Una cosa no: en algún local de Alicante, Castellón o Valencia, mientras lees estas líneas, alguien estará enchufando una guitarra por primera vez. Y la historia vuelve a empezar.


