Khelleden en Marea Rock: entre pitos, flautas, anís y un escenario que se quedó pequeño
Khelleden jugaba en casa y tenía una misión bastante clara: demostrar sobre el escenario que Entre pitos y flautas no es simplemente otro disco en su trayectoria. La noche terminó convirtiéndose en una celebración del folk sin demasiadas fronteras, con ska, punk, metal, invitados, brindis y hasta anís servido directamente desde el escenario. Pero antes de llegar hasta ahí tenemos que reconocer un pequeño delito periodístico.
La noche en la Sala Marea Rock de Alicante comenzó puntual.
Para nosotros, no.
Como buen pseudoperiodista, quien escribe estas líneas apareció cuando Finnway estaba dando sus últimos coletazos sobre el escenario. Y pocas veces fastidia tanto llegar tarde como cuando los escasos minutos que consigues presenciar te hacen pensar: «Charlie, eres gilipollas, ¿por qué no has venido antes?».
Porque lo poco que pudimos escuchar fue suficiente para dejarnos con ganas de mucho más.
Su entrega del folk más clásico resultó tremendamente disfrutable y dejó la sensación de que nos habíamos perdido una actuación que merecía verse desde el principio. Aquí no podemos echarle la culpa al tráfico, a Mercurio retrógrado ni a una conspiración judeomasónica: llegamos tarde y punto.
Esperamos poder compensarlo en otra ocasión, como corresponde: disfrutando de Finnway desde el primer minuto, a ritmo irlandés, bailando encima de una mesa y, por algún motivo que todavía desconocemos, con un gato mirando.
Khelleden ya no estaba donde los dejamos
Con Khelleden sobre el escenario quedó claro bastante rápido que aquello no iba a ser exactamente lo que conocíamos.
Veníamos de Historias para no dormir y, como comprenderéis, tampoco vamos a marcarnos ahora un Tango y Cash.
Si ya te duele todo cuando te levantas del sofá, probablemente hayas entendido la referencia. Si desayunas Monster y todavía tienes cartílago en las rodillas, busca la escena en YouTube. La reconocerás enseguida.
Historias para no dormir no fue un mal disco. Simplemente, para quien escribe, no terminó siendo el trabajo que esperaba encontrar en Khelleden.
Pero entonces llegó Entre pitos y flautas —ojo al nombre, porque pocas cosas podrían sonar más a Khelleden— y una banda que parece haber decidido que las etiquetas están muy bien siempre que puedas saltártelas cuando te dé la gana.
Ya lo advertían cuando analizamos el disco: aquí hay power metal, folk, ska, punk y metal, pero sobre el escenario aparecieron también matices alternativos e incluso momentos con cierto aroma progresivo.
Y lo verdaderamente interesante es que la mezcla funciona.
Durante el concierto hubo tiempo para cantar, bailar, brindar y, fundamentalmente, pasarlo bien. Porque si algo ha terminado convirtiéndose en parte del ADN de Khelleden es precisamente eso:
la fiesta.
Aunque a veces la fiesta incluya que Hadapanza, el hada de Khelleden, decida aparecer con su particular concepto de la diplomacia alcohólica.
Hadapanza y el sutil arte de repartir anís
Sí.
Eso ocurrió.
En algún momento de la noche apareció Hadapanza, el hada de Khelleden, sin camiseta, con su tutú y unas mingas en la cabeza, armado con una botella de anís y dispuesto a administrárselo directamente en la boca a todo aquel que estuviera dispuesto a participar en semejante ritual.
Sutil.
Demasiado sutil.
Si hace unos años nos hubieran dicho que terminaríamos viendo a un hada con semejante indumentaria repartiendo anís entre el público mientras una banda de folk metal continúa tocando, probablemente habríamos pensado dos cosas: que alguien estaba completamente loco o que habíamos terminado accidentalmente en un concierto de Alestorm.
Y casi nos inclinamos más por lo segundo.
Servidor decidió mantenerse prudentemente alejado de la botella. No porque hayamos descubierto repentinamente la vida saludable, sino porque el anís y sus resacas pueden ser más feos que un demonio recién levantado.
Pero alrededor de aquello se generó uno de esos momentos que explican bastante bien qué propone Khelleden en directo.
Porque detrás de la coña, del tutú, de las mingas y de Hadapanza intentando convertir Marea Rock en una destilería clandestina había algo que encajaba perfectamente con el espíritu de sus canciones: amistad, celebración, camaradería y ganas de compartir la fiesta con quien estuviera delante del escenario.
Hadapanza no era un elemento ajeno al espectáculo.
Era Khelleden siendo Khelleden.
El camarote de los hermanos Marx, versión folk metal
Y aquella noche había todavía otro ingrediente especial:
Khelleden jugaba en casa.
Y cuando juegas en casa puedes invitar a los amigos.
Durante el concierto fueron apareciendo invitados vinculados a bandas como Hadadanza y Lándevir, convirtiendo poco a poco el escenario de Marea Rock en un lugar en el que empezaba a resultar legítimo preguntarse cuántas personas podían entrar allí arriba antes de que alguien tuviera que llamar a un arquitecto.
Aquello empezó a parecerse peligrosamente al camarote de los hermanos Marx.
Cada canción parecía traer consigo más músicos, más voces, más gente y todavía más espectáculo.
¿Caótico?
Un poco.
¿Divertido?
Muchísimo.
Y precisamente ahí estuvo buena parte de la gracia.
No parecía una sucesión artificial de colaboraciones preparadas para rellenar un concierto. Había una sensación mucho más cercana a una reunión de amigos y músicos celebrando juntos una noche especial.
Y cuando una banda consigue trasladar esa sensación al público, la frontera entre quienes están encima y debajo del escenario empieza a hacerse bastante pequeña.
Vale, «No volem cap»: me trago mis palabras
También llegó el momento de reconocer otro error.
Tenemos que hablar de «No volem cap».
El valenciano y quien escribe mantenemos una relación bastante peculiar. Ambos sabemos que existimos, alguna vez nos dirigimos la palabra, pero tampoco podemos decir que haya surgido el amor.
Todavía.
Por eso esta canción era uno de los temas de Entre pitos y flautas ante los que manteníamos ciertas reservas.
Pues bien:
me trago mis palabras.
Había que darle una oportunidad.
Porque cuando «No volem cap» aterriza sobre el escenario y comienzan a mezclarse su base folk con el ska y esos elementos valencianos que forman parte de su personalidad, aparece un auténtico temazo.
Uno de esos temas que quizá no te entran inmediatamente por la puerta principal, pero a los que basta rascar un poco para descubrirles bastante más de lo que parecía haber en una primera escucha.
Y en directo funcionó especialmente bien.
Así que sí, Khelleden:
esta os la concedemos.
«Esto es el disco»
Hubo una frase que repetimos varias veces durante toda la noche:
«Esto es el disco».
Y desde Khelleden respondían:
«Claro, es que es el disco».
No.
No nos referíamos exactamente a eso.
Lo sorprendente fue comprobar hasta qué punto el sonido de Entre pitos y flautas sobrevivía al salto al directo.
Había momentos en los que cerrar los ojos producía una sensación muy cercana a colocarte unos buenos auriculares y escuchar el álbum. La mezcla, los instrumentos y los diferentes matices que construyen las canciones permanecían reconocibles pese a todo lo que estaba ocurriendo encima del escenario.
Y eso tiene mérito.
Porque reproducir un disco en directo no significa simplemente tocar correctamente sus canciones. Significa conseguir que aquello que funcionaba en estudio conserve su identidad cuando desaparece la seguridad de una grabación y entran en juego el público, el espacio, el volumen y el inevitable caos de un concierto.
Khelleden consiguió mantener esa identidad y, al mismo tiempo, añadir algo que ningún disco puede darte:
la sensación de estar dentro de la fiesta.
Khelleden sigue creciendo
Cuando conocimos a Khelleden estaban en otro punto.
Y eso quizá sea lo más interesante de seguir a una banda desde relativamente cerca: poder comprobar cómo cambia, prueba cosas, acierta, se equivoca y poco a poco encuentra aquello que quiere ser.
Entre pitos y flautas parece uno de esos pasos importantes.
No porque hayan abandonado lo que eran, sino porque han aprendido a ampliarlo.
En Marea Rock demostraron que se puede hacer folk metal sin limitarse a repetir una fórmula, introducir ska, punk, power, elementos alternativos y algún ramalazo progresivo sin convertir las canciones en un Frankenstein y, sobre todo, mantener intacta una de las cosas que siempre han caracterizado al grupo:
Khelleden es diversión.
Ahora toca comprobar hasta dónde puede llevarles esta etapa.
Nosotros esperamos volver a encontrarlos en escenarios cada vez más grandes, con más público, más historias y, visto lo visto, probablemente con Hadapanza persiguiendo inocentes con una botella de anís.
Y a quien no le guste…
KE LE DHEN!

