Leyendas del Rock 2026 – Día 4: rituales, pogos y un sonido que no estuvo a la altura
El Leyendas del Rock 2026 afrontaba su día 4 y último con el cansancio haciendo estragos después de tres jornadas de calor, conciertos y kilómetros recorridos por Villena. Todavía quedaban Eihwar, Deicide, Heaven Shall Burn, Helloween y WarCry para cerrar un XX aniversario que terminaría confirmando algo que ya intuíamos desde el primer día: el festival está cambiando.
El cuarto día del Leyendas del Rock tiene una particularidad.
Ya no caminas.
Te desplazas por inercia.
A algunos las fuerzas empezaban a fallarles, otros llevaban cuatro días acumulando horas de sueño imaginarias y el sol había pegado durante toda la semana más fuerte que Topuria buscando un KO.
El cansancio ya no era una posibilidad.
Era un miembro más del grupo.
Pero RadioWeek seguía allí.
Eso sí.
No a primera hora.
Tampoco somos inmortales.
Nuestra última jornada comenzó directamente con Eihwar, que actuaba a las 18:10 antes de que Deicide y Heaven Shall Burn terminaran de convertir la tarde en algo progresivamente más salvaje. El cierre posterior quedaba reservado para las dos horas de Helloween y el regreso de WarCry al festival.
Y Eihwar fue probablemente la manera más extraña posible de comenzar nuestro último día.
Justo como nos gusta.
Eihwar: como Heilung, pero en formato compacto
Cuando vimos aparecer a Eihwar, nuestro cerebro realizó inmediatamente una asociación.
Heilung.
Pero más pequeño.
Mucho más pequeño.
Eihwar es un dúo francés formado por Asrunn y Mark cuya propuesta mezcla voces, percusión, guitarras, electrónica, folk nórdico y elementos rituales. Ellos mismos han utilizado la etiqueta “Viking War Trance” para definir una música que tiene bastante más de experiencia ceremonial que de concierto convencional.
Y precisamente ahí comenzó el debate.
Porque para algunos asistentes aquello parecía no tener demasiado sentido dentro del Leyendas del Rock.
Una propuesta demasiado electrónica.
Demasiado ritual.
Demasiado alejada del concepto tradicional de banda.
Y sí, escuchamos comentarios calificándolos directamente como una actuación innecesaria.
Nosotros pensamos justo lo contrario.
Porque quienes disfrutamos de la música con componentes místicos, chamánicos, paganos o espirituales encontramos precisamente en propuestas como esta uno de esos pequeños respiros que consiguen romper cuatro jornadas basadas principalmente en guitarras, baterías y amplificadores.
No todo tiene que ser igual.
Ni debería.
Con Eihwar ocurre algo parecido a lo que pasó con Heilung en la edición anterior: o conectas con el ritual o probablemente te preguntes qué demonios estás viendo. Esa misma división de opiniones también apareció en otras coberturas de la última jornada.
Nosotros conectamos.
Su mezcla entre elementos celtas y nórdicos, percusión, voces y electrónica consiguió crear durante aproximadamente una hora una especie de pequeña ceremonia dentro del festival.
Una apuesta arriesgada.
Y precisamente por eso, una apuesta necesaria.
Porque después de veinte años, quizá una de las cosas más peligrosas que podría hacer el Leyendas sería limitarse a programar exclusivamente aquello que ya sabe que funciona.
Deicide: esta vez entendimos cómo había que hacerlo
Después llegó Deicide.
Y aquí habíamos aprendido una lección importante del primer día.
Cuando vimos a Slaughter To Prevail cometimos un error.
Nos quedamos mirando.
Observando.
Analizando.
Como buenos periodistas responsables.
Una estupidez.
Porque hay determinadas bandas que no se entienden completamente mirando el escenario desde una distancia prudencial.
Deicide fue nuestra oportunidad de corregirlo.
Los veteranos de Florida son una institución del death metal, encabezada todavía por Glen Benton y con Steve Asheim a la batería. Su actuación convirtió el escenario en poco más de una hora de artillería prácticamente ininterrumpida.
Así que esta vez decidimos realizar periodismo de investigación.
Nos metimos en el pogo.
Y descubrimos una de las grandes verdades universales del metal:
Dentro de un círculo donde aparentemente veinte desconocidos están intentando asesinarse entre ellos existe más respeto que en una cola del INEM.
Alguien cae.
Lo levantas.
Alguien pierde el equilibrio.
Lo sujetas.
Alguien entra.
Le haces hueco.
Y después continúas intentando sobrevivir.
Extrañamente civilizado.
Deicide tampoco necesitó demasiadas palabras.
Durante prácticamente toda su actuación, la comunicación ocurrió mediante canciones, riffs, guturales y una batería que parecía tener algún tipo de problema personal con la velocidad máxima permitida.
El resto lo puso el público.
Pogos.
Más pogos.
Circle pits.
Crowdsurfing.
Y una cantidad considerable de gente intentando demostrar quién tenía suficiente valor —o suficiente inconsciencia— para completar aquella aventura.
Incluso otras crónicas de la jornada recogieron uno de los momentos surrealistas del concierto: un asistente disfrazado de Jesucristo fue transportado en volandas hacia una de las bandas históricamente más asociadas con imaginario satánico del death metal.
Hay momentos en los que el festival escribe los chistes solo.
No hace falta ayudarlos.
Y después de aquello comprendimos definitivamente algo:
ciertas bandas no se escuchan.
Se sobreviven.
Heaven Shall Burn: la banda bocadillo… y cuando desapareció el sonido
Con Heaven Shall Burn llegó nuestro momento bocadillo.
Literal y metafóricamente.
Después del castigo físico de Deicide necesitábamos detenernos, comer algo y recuperar una cantidad mínima de dignidad corporal antes de afrontar las últimas horas.
Los alemanes llegaban con su combinación de metalcore y death metal melódico y tenían programados unos generosos ochenta minutos antes de Helloween.
Pero fue durante esta parte de la jornada cuando volvió a manifestarse uno de los grandes fantasmas que nos ha acompañado durante todo el festival.
El sonido.
De repente:
Cero.
Silencio.
La señal desaparece.
Y no ocurrió únicamente una vez.
Hubo varios momentos durante estos cuatro días en los que el sonido sufrió cortes, pérdidas, cambios repentinos o una ecualización que desde nuestra posición no conseguía trasladar correctamente lo que estaba sucediendo sobre el escenario.
Aquí queremos hacer una distinción muy importante.
No estamos culpando a los técnicos.
De hecho, vimos precisamente lo contrario: profesionales intentando solucionar los problemas cuando aparecían.
Y seguramente durante algún corte más de uno estaría buscando algún contenedor en el que esconderse hasta que dejara de mirar hacia él una explanada llena de heavies cabreados.
Pero después de cuatro días, cuando un problema aparece repetidamente, deja de sentirse como una incidencia aislada.
Se convierte en algo que la organización debería revisar.
No sabemos si el origen estaba en la PA, en la señal, en la distribución, en la mezcla, en limitadores, en determinados elementos de producción o en una combinación de factores.
No vamos a inventarlo.
Pero sí sabemos lo que escuchamos.
Cortes.
Altibajos.
Instrumentos que en determinados momentos se mezclaban formando una masa demasiado metálica y comprimida.
Voces perdiendo presencia.
Y conciertos cuyo impacto terminó dependiendo demasiado del punto desde el que estuvieras escuchándolos.
Es una pena.
Especialmente cuando llega el cabeza de cartel.
Helloween: 40 años sobre el escenario y dos horas para celebrarlo
A las 22:00 llegó el gran acontecimiento de la última jornada.
Helloween.
Dos horas.
Cuarenta años de historia.
Y tres vocalistas capaces de representar diferentes épocas de una de las bandas fundamentales del power metal europeo: Michael Kiske, Andi Deris y Kai Hansen.
Visualmente aquello era enorme.
Helloween construyó un espectáculo completamente diseñado para celebrar su trayectoria y la propia historia del grupo, recorriendo diferentes épocas mediante canciones como “March of Time”, “Future World”, “I Want Out”, “Halloween”, “Eagle Fly Free”, “Power”, “Dr. Stein” o “Keeper of the Seven Keys”, además de material más reciente de Giants & Monsters.
Era exactamente el tipo de espectáculo que esperas cuando una banda celebra cuatro décadas de existencia.
Grande.
Ambicioso.
Nostálgico sin convertirse completamente en un museo.
Y con una formación que permite contemplar sobre el mismo escenario diferentes generaciones de Helloween.
Pero aquí volvió a aparecer nuestro conflicto con el sonido.
Y duele especialmente decirlo porque sobre el escenario estaba sucediendo algo muy bueno.
Las voces de Kiske, Deris y Hansen construían una de las grandes particularidades del espectáculo actual de Helloween. La producción visual acompañaba. Las canciones estaban ahí. La respuesta del público también.
De hecho, otras coberturas de la noche describieron el concierto como uno de los grandes triunfos del festival y destacaron especialmente la combinación de las tres voces y un repertorio equilibrado.
Nuestra experiencia sonora, sin embargo, fue más irregular.
Y ambas cosas pueden coexistir.
Después de cuarenta años tampoco podemos exigir que todas las voces conserven exactamente las mismas características que tenían hace décadas.
Eso sería absurdo.
Los músicos envejecen.
La voz envejece.
Todos envejecemos.
Nosotros llevábamos cuatro días y ya caminábamos como si hubiéramos participado en la campaña de Rusia de Napoleón.
Imaginad cuarenta años de gira.
Pero precisamente por eso resulta todavía más importante que el sonido consiga acompañar correctamente al artista.
Cuando una voz pierde presencia dentro de la mezcla o determinados instrumentos terminan convirtiéndose en una masa demasiado saturada, el resultado puede transmitir una sensación injusta sobre aquello que realmente está ocurriendo arriba.
Porque Helloween sí dio espectáculo.
Durante dos horas.
Y muy grande.
Lo frustrante es tener la sensación de que desde nuestra posición no siempre pudimos recibirlo con toda la fuerza con la que estaba siendo entregado.
WarCry: volver a casa
A las 00:10 llegó nuestro verdadero final del Leyendas del Rock 2026.
WarCry.
Porque sí.
Después todavía quedaban actuaciones.
Ankhara tenía programado el cierre definitivo de los escenarios principales hasta las tres de la mañana.
Pero nosotros ya habíamos llegado al límite.
Cuatro días.
Calor.
Pogos.
Horas de pie.
Sueño.
Dolor de espalda.
Y una relación cada vez más íntima con cualquier silla que encontráramos disponible.
Nuestro Leyendas terminaba con WarCry.
Y quizá no podía hacerlo con una banda mucho más apropiada.
WarCry y el Leyendas mantienen desde hace años una relación especialmente estrecha. Su regreso para este XX aniversario estaba anunciado además como su única actuación de festival en España durante 2026.
Y había algo especial en volver a encontrarlos allí.
Esperábamos quizá una presencia mayor del futuro Entre la niebla, pero el concierto terminó funcionando más como un reencuentro y un recorrido por la historia de WarCry.
Entre material de diferentes épocas aparecieron canciones que forman parte de la memoria de la banda como “Luz del Norte” o “Perdido”, junto con “Lo siento”, el primer adelanto oficial de su próximo disco, Entre la niebla.
Y nos gustó que fuera así.
Porque aquella noche no necesitábamos necesariamente que WarCry viniera a explicarnos únicamente qué serán mañana.
Necesitábamos recordar quiénes han sido.
Y sobre todo confirmar quiénes siguen siendo.
WarCry ha vuelto.
Ha vuelto a su público.
Ha vuelto al calor de Villena.
Ha vuelto a esos himnos que miles de personas llevan años cantando.
Y volvió en una noche en la que ya se podía ver perfectamente el desgaste físico de cuatro jornadas sobre buena parte de los asistentes.
Pero precisamente los que quedaban eran los que parecían tener todavía más ganas de cantar.
Quizá porque cuando llevas cuatro días sobreviviendo a un festival ya no te queda energía para aparentar nada.
Si sigues allí es porque quieres estar.
Nosotros seguimos hasta donde pudimos.
Y entonces llegó ese momento inevitable.
El cuerpo dijo basta.
No hubo épica.
No hubo discurso.
No hubo música emocional de fondo.
Solo una certeza:
hasta aquí hemos llegado.
Y así terminó nuestro Leyendas del Rock 2026.
Con WarCry sobre el escenario.
Y nosotros retirándonos con la satisfacción de haber sobrevivido.
Leyendas del Rock 2026: veinte años y una puerta que empieza a abrirse
Cuatro días después resulta mucho más sencillo entender aquella sensación extraña con la que comenzamos nuestra crónica del primer día.
Decíamos entonces que el Leyendas estaba cambiando.
Que algunos cambios llevaban años ocurriendo lentamente, pero que en este XX aniversario parecían haberse vuelto mucho más visibles.
Después de recorrer toda la edición, seguimos pensando lo mismo.
Pero ahora lo entendemos mejor.
Este probablemente haya sido uno de los Leyendas más variados que recordamos.
Hemos pasado del heavy metal más clásico al deathcore más extremo.
Del power metal al punk rock.
Del death metal al gothic.
Del metalcore al folk nórdico.
De Godsmack a The Baboon Show.
De Slaughter To Prevail a Eihwar.
De Helloween a Mushroomhead.
Eso significa inevitablemente que habrá gente descontenta.
El que quiera cuatro días de heavy clásico encontrará bandas que no entiende.
El que venga buscando exclusivamente propuestas modernas tendrá momentos que considere demasiado tradicionales.
El que quiera metal extremo se encontrará de repente con un ritual pagano.
Y el que simplemente pasaba por allí quizá termine dentro de un pogo de Deicide preguntándose cómo demonios ha acabado así.
Eso es precisamente la variedad.
Y quizá sea una de las decisiones más importantes que puede tomar un festival que acaba de cumplir veinte años.
Porque celebrar el pasado está bien.
Pero vivir exclusivamente de él tiene fecha de caducidad.
El Leyendas parece estar comenzando a abrir lentamente sus puertas hacia una nueva generación de bandas y públicos sin renunciar a los nombres que construyeron su historia.
Lo hace poco a poco.
Quizá demasiado poco para algunos.
Demasiado rápido para otros.
Pero lo hace.
Y nos parece acertado.
Eso no significa que no existan aspectos que mejorar.
Los hay.
Especialmente una parte técnica que durante estos cuatro días nos ha dejado demasiados momentos de sonido irregular y que, en nuestra opinión, merece una revisión seria de cara a futuras ediciones.
Porque cuando reúnes bandas de este nivel, el objetivo debe ser que el público pueda recibir el espectáculo con la misma calidad con la que los artistas intentan entregarlo.
Pero sería injusto permitir que ese problema borrase todo lo demás.
Porque el XX aniversario del Leyendas del Rock ha reunido durante cuatro días más de sesenta actuaciones y, según los datos difundidos tras el festival, más de 60.000 asistentes en Villena.
Ha habido descubrimientos.
Reencuentros.
Despedidas.
Pogos.
Fuego.
Rituales.
Bandas históricas.
Bandas que probablemente dentro de diez años ocuparán lugares mucho más grandes en los carteles.
Y, sobre todo, esa extraña sensación que consigue generar el Leyendas de que durante cuatro días Villena deja de ser simplemente una ciudad para convertirse en un pequeño país independiente gobernado por camisetas negras.
Y ahora, 2027
La mejor señal para un festival probablemente sea terminar agotado y, mientras todavía intentas recuperar la sensibilidad de las piernas, empezar a pensar:
“Bueno… ¿y el año que viene?”
El Leyendas ya ha comenzado a responder a esa pregunta.
La edición de 2027 está en marcha y su primer avance incluye nombres como Architects, Mercyful Fate y Alestorm, entre otros.
Y eso vuelve a apuntar en la misma dirección.
No competir por ser otro festival.
No intentar convertirse en Wacken.
Ni en Resurrection.
Ni en ningún otro.
Simplemente continuar construyendo su propia identidad.
Ser el Leyendas.
Un festival donde todavía puede actuar una leyenda del heavy metal mientras, unos metros más allá o unas horas antes, una banda completamente diferente intenta convencer a una generación nueva.
Ese equilibrio no será fácil.
Nunca va a contentar a todo el mundo.
Pero quizá tampoco debería intentarlo.
Veinte años después, el Leyendas del Rock sigue aquí.
Está cambiando.
Está probando.
Está equivocándose en algunas cosas.
Está acertando en muchas otras.
Y, sobre todo, sigue consiguiendo algo que después de cuatro días de calor, cansancio y destrucción física resulta bastante difícil:
que cuando abandonas Villena ya estés pensando en volver.
Nosotros, al menos, lo estamos.
Nos vemos en 2027.

