Maggots en Alicante: nueve máscaras, mucha nostalgia y unas Skechers para sobrevivir a Slipknot
La Sala Marea Rock recibió el pasado 24 de octubre a Maggots, tributo a Slipknot, en una noche de nu metal, locura escénica y recuerdos de una época en la que las máscaras de Iowa se convirtieron en parte de nuestras vidas.
Hay algo que empieza a preocuparme cada vez que voy a un concierto: en RadioWeek nos estamos haciendo mayores. Uno llega a la sala con la misma ilusión de siempre, pero con un cuerpo que ya empieza a negociar las condiciones del espectáculo. Que si mañana hay que madrugar, que si las rodillas, que si podríamos haber empezado un poquito antes…
Pero basta con cruzar la puerta de la Sala Marea Rock para recordar por qué seguimos haciendo estas cosas.
El pasado sábado 24 de octubre, la sala alicantina respiraba ese ambiente que tanto nos gusta encontrar en los conciertos. Mucha gente joven, estética nu metalera, ganas de liarla y, entre ellos, algunos que ya no somos tan jóvenes, pero que seguimos encontrando en esta música una manera de reencontrarnos con nuestra adolescencia.
Porque, reconozcámoslo, para muchos de nosotros Slipknot no es solamente una banda. Es una época, una estética y una forma de entender el metal que llegó a finales de los noventa para darle una buena patada a todo lo establecido.
Y aquella noche, los encargados de devolvernos parte de esa historia eran Maggots.
Slipknot sin Slipknot, pero con toda su esencia
Tengo que reconocer algo: jamás había visto a Maggots en directo. Pero tampoco he visto nunca a los Slipknot originales, y viendo cómo se las gastan últimamente con las salidas, los cambios de formación y las historias internas, empiezo a pensar que, como sigan a este ritmo, lo único que va a quedar original de aquella formación será el nombre.
Y ojo, que no digo que se estén muriendo. Que para eso todavía queda, espero.
Precisamente por eso me gusta encontrar bandas como Maggots, músicos que no se conforman con interpretar las canciones de sus ídolos, sino que intentan recuperar aquello que convirtió a esos artistas en un fenómeno.
Porque Slipknot nunca fueron solamente nueve músicos con máscaras. Su identidad también estaba en el comportamiento, la energía, las interacciones entre sus integrantes y ese caos que parecía estar a punto de descontrolarse en cualquier momento.
Y Maggots lo entendieron desde el primer minuto.
Literalmente.
Un minuto para dejar claras las intenciones
El concierto arrancó de una manera fabulosa. Todavía no había transcurrido un minuto y aquellos nueve tipos ya estaban demostrando hasta dónde querían llegar.
No hubo necesidad de calentamiento. Desde el primer instante quedó claro que no estábamos ante un grupo dispuesto a tocar unas cuantas versiones y marcharse a casa.
El músico encargado de encarnar a Shawn «Clown» Crahan se entregaba a su particular locura percusiva, golpeando los barriles y manejando el característico bate, mientras quien asumía el papel de Sid Wilson hacía lo suyo a los platos.
Y alrededor de ellos, todo un despliegue de movimiento, gestos, miradas y esa teatralidad tan característica de Slipknot.
Cada integrante tenía su papel. Cada uno interactuaba con sus compañeros, con el público y con el propio escenario a su manera. Unas veces con miradas penetrantes, otras con movimientos completamente desquiciados, pero siempre manteniendo la sensación de que aquello formaba parte de un espectáculo colectivo.
Era como si los nueve estuvieran diciéndonos:
«Señores, no somos Slipknot, pero los queremos con locura y hemos venido a compartir esa locura con vosotros».
Y vaya si lo hicieron.
Eso sí, entre tanta máscara, tanto mono y tanta agresividad escénica, hubo un detalle que no pude pasar por alto.
El bueno de Clown llevaba unas Skechers.
Sí, amigos. Mucho metal extremo, mucha percusión, mucho bate y mucha pose amenazante, pero la comodidad de los pies no se negocia.
Y como persona que empieza a valorar seriamente el calzado cómodo, no puedo hacer otra cosa que aplaudir semejante decisión.
Se puede ser el payaso más aterrador del escenario y, al mismo tiempo, tener muy claras las prioridades de la vida.
Un viaje a los años más salvajes de Iowa
El repertorio fue uno de los grandes atractivos de la noche.
Maggots apostaron por recuperar buena parte de los trabajos clásicos que ayudaron a construir la leyenda de Slipknot, aquellos discos que marcaron a toda una generación y que contribuyeron a definir el metal de finales de los noventa y comienzos de los dos mil.
Para alguien que nunca ha tenido oportunidad de ver a los originales en directo, encontrarse con este despliegue supone algo más que escuchar canciones conocidas.
Es poder acercarse a una experiencia que, de otra manera, quizá nunca habría vivido de esa forma.
Y ahí reside buena parte del valor de un buen tributo.
No se trata únicamente de que las canciones suenen reconocibles. Se trata de recuperar sensaciones. De volver, aunque sea durante un rato, a aquella época en la que descubrías una canción, te obsesionabas con ella y acababas escuchándola hasta que alguien en casa amenazaba con desenchufarte el equipo.
Y cuando esa música vuelve a sonar en directo, rodeado de gente que la disfruta tanto como tú, sucede algo maravilloso: empiezas a moverte sin darte cuenta.
No importa demasiado la edad que tengas ni cuántos conciertos hayas visto.
La música hace su trabajo.
¿Ya se ha terminado? ¡Pero si acabamos de empezar!
Aquí viene una de las sensaciones más curiosas que me dejó el concierto.
Se me hizo corto.
Y cuidado, porque hablamos de alrededor de una hora y media de espectáculo. No es precisamente que los muchachos salieran, tocaran tres temas y se marcharan a tomarse unas cervezas.
Pero cuando estás disfrutando de verdad, el tiempo funciona de otra manera.
Y tampoco vamos a exigirles que sigan hasta las cinco de la mañana. Estamos hablando de nueve personas apretadas sobre un escenario, con monos, máscaras, saltos, movimientos y una actividad física que, solo de contemplarla, ya me estaba provocando cansancio.
No quiero ni imaginar el olor a cesto de gimnasio que debe acumularse debajo de semejante vestuario.
Bastante tienen con sobrevivir ahí dentro.
Y esa es precisamente la cuestión: ¿por qué iba a exigirles más?
Si desde el primer minuto me estás ofreciendo todo lo que tienes, si consigues que disfrute, que me mueva y que durante un rato me olvide del mundo exterior, ¿qué más necesito?
Que un concierto se haga corto no siempre significa que haya faltado algo.
A veces significa que ha funcionado tan bien que te habría gustado seguir allí un rato más.
«El payaso es el mejor»
Otra de las cosas que más me gusta hacer durante los conciertos es prestar atención a lo que sucede a mi alrededor.
No solamente sobre el escenario, sino también entre el público.
Y aquella noche, entre canción y canción, era fácil escuchar comentarios que decían mucho sobre lo que estábamos viviendo.
«El payaso es el mejor».
«Ese Corey es muy bueno».
«Esta banda es muy buena».
Son frases sencillas, espontáneas, que probablemente los músicos ni siquiera llegaron a escuchar, pero que dicen bastante sobre el resultado de su trabajo.
Porque cuando el público deja de comparar constantemente y empieza a disfrutar de lo que tiene delante, es cuando un tributo demuestra que está haciendo algo bien.
No necesitas engañar a nadie haciéndole creer que está viendo a Slipknot. Todo el mundo sabe perfectamente a quién ha ido a ver.
Pero durante ese tiempo, las canciones, los personajes y la interpretación consiguen construir una experiencia propia.
Y eso merece reconocimiento.
Los tributos también merecen su oportunidad
Llevamos mucho tiempo escuchando debates sobre las bandas tributo. Que si no hacen música propia, que si viven de las canciones de otros, que si no aportan nada nuevo…
Y entiendo que haya quien prefiera dedicar su dinero a descubrir grupos con material original. De hecho, nosotros mismos defendemos constantemente la necesidad de apoyar a las bandas emergentes.
Pero una cosa no tiene por qué excluir a la otra.
Un buen tributo no sustituye a la banda original, como tampoco pretende necesariamente hacerlo.
Lo que puede ofrecer es una oportunidad diferente: disfrutar en una sala cercana de un repertorio que forma parte de nuestra historia musical, interpretado por personas que sienten una admiración evidente por quienes lo crearon.
Y cuando se hace con el cuidado, la energía y las ganas que demostraron Maggots, resulta difícil no reconocer el trabajo que hay detrás.
Porque no basta con ponerse una máscara.
Hay que sostener un espectáculo, interpretar las canciones, coordinar a nueve músicos y conseguir que el público quiera quedarse hasta el último momento.
Maggots lo consiguieron aquella noche en Alicante.
Y servidor, que había llegado a la sala pensando en lo viejo y cansado que empieza a estar, terminó recordando por qué merece la pena seguir saliendo de casa para ver música en directo.
Así que, como siempre digo, si un tributo es bueno, ¿por qué no vamos a apoyarlo?
Al fin y al cabo, también es una manera de mantener viva aquella música que un día nos abrió las puertas de este maravilloso y ruidoso mundo.
Y si además puedes hacerlo llevando unas Skechers, pues mejor que mejor.
RadioWeek — Porque el metal no entiende de edades, pero nuestras rodillas empiezan a tener otra opinión.

